Chele Esteve reflexiona sobre el trabajo de Pablo Ejrque junto a Ángel García en Studio Ejarque.

Hay diseñadores que proyectan formas. Y hay otros, menos frecuentes, que parecen escuchar lo que la materia quiere llegar a ser. El trabajo de Pablo Ejarque, diseñador valenciano, pertenece a esta segunda estirpe: una práctica donde diseño, artesanía y experimentación material no comparecen como campos separados, sino como capas de un mismo pensamiento.
Formado entre la ingeniería en diseño industrial (ETSIADI) en la Universitat Politècnica de València y el diseño de mobiliario en Rhode Island School of Design, Ejarque encarna una figura especialmente valiosa en el panorama actual: la del creador capaz de aunar precisión técnica y sensibilidad volumétrica sin sacrificar ninguna de las dos. Hay en él, además, el perfil de un diseñador cultivado y cosmopolita, cuya obra no nace solo del dominio técnico, sino también de una relación viva con la cultura, con los imaginarios contemporáneos y con una sensibilidad abierta al mundo. En su caso, la técnica no evidencia el proceso; lo abre. No impone una forma definitiva, sino que genera las condiciones para que esta emerja. Junto a Ángel García Gómez, con quien forma Studio Ejarque, su práctica explora el diálogo entre materia y forma desde la transformación, la experimentación material y la artesanía, dando lugar a objetos funcionales de fuerte presencia escultórica.

Pero hay algo más. En sus piezas se percibe también una suerte de musicalidad interna: una atención al ritmo, a la pausa, a la repetición y a la variación que parece trasladar a la materia una sensibilidad compositiva cercana a lo sonoro. Incluso su formación y sensibilidad musical parecen filtrarse en su manera de construir los objetos, no de forma literal, sino como una lógica de cadencias, intensidades y contrapuntos. Sus lámparas no solo se sostienen formalmente: modulan el espacio, como si cada una organizara una partitura de luz, peso, textura y silencio.
Tal vez por eso sus piezas se sitúan en una frontera tan productiva como difícil de habitar: la que separa —o, mejor dicho, integra— arte, artesanía y diseño.

No son únicamente objetos funcionales, pero tampoco renuncian a la función. No se presentan como esculturas puras, aunque poseen una intensidad formal y una presencia casi totémica. Y, sobre todo, no instrumentalizan la artesanía como un simple valor añadido estético, sino que incorporan su lógica profunda: la atención al proceso, la negociación con el material, el reconocimiento de la variación y del accidente como parte de la verdad del objeto.
En ese sentido, su trabajo conecta con una revisión contemporánea del hacer artesanal que ya no puede leerse desde la nostalgia. Más bien al contrario: en Ejarque, la artesanía opera como una forma de inteligencia del hábitat. Hay aquí una afinidad con aquellas lecturas que entienden el craft no como una categoría menor frente al arte o el diseño industrial, sino como una manera de pensar con las manos, con el tiempo, con la resistencia de los materiales. El objeto ya no se limita a resolver una función; contiene también una investigación, una memoria del proceso y una toma de posición ante el mundo cobrando una identidad singular.

La Leaky Collection condensa con especial claridad esta actitud. En ella, Pablo Ejarque propone una poética de la fuga, del desbordamiento, del goteo solidificado. Las piezas parecen capturar un instante de transformación todavía activo, como si la materia se hubiera detenido solo provisionalmente ante nuestros ojos. En el centro del proyecto late un bioplástico de grafito desarrollado por el propio diseñador, un material que, según explica, nace “de la innovación y la necesidad” y que combina suavidad, flexibilidad, translucidez y matices oscuros en gris y negro. Pero más allá de su novedad técnica, lo que fascina es su densidad simbólica.
Ese material negro, viscoso, casi herido, remite de forma inevitable a imaginarios de derrame, de residuo, de combustión fósil. Ahí reside una de las mayores virtudes de Ejarque: comprender que la sostenibilidad, si quiere ser culturalmente relevante, no puede reducirse a un repertorio de materiales “buenos”, sino que debe convertirse en una reflexión más compleja sobre la materia, sus relatos y sus contradicciones.

Las lámparas de la serie son ejemplares en este sentido. Leakey Lamp I se define como un diálogo entre madera, metal y bioplástico, cuya geometría limpia se ve interrumpida por una cascada orgánica de goteos solidificados. Leaky Lamp II, por su parte, introduce una relación más atmosférica entre vidrio, latón, roble y bioplástico, apelando a una memoria lumínica casi urbana, entre farola, reflejo y penumbra doméstica. Leaky Lamp III lleva aún más lejos esta exploración, con una presencia más densa y casi ritual, donde la luz parece emerger desde el interior de una costra matérico-escultórica.

Lo admirable es que ninguna de estas piezas se agota en su singularidad formal. Todas plantean, de un modo u otro, una pregunta sobre el estatuto del objeto contemporáneo. ¿Qué esperamos hoy de una lámpara? ¿Qué ilumine? Sí, por supuesto. Pero también que narre, que afecte, que introduzca una experiencia. Que no sea un mero dispositivo, sino una presencia. Las obras de Ejarque responden a esa expectativa sin caer en lo meramente espectacular. Son intensas, pero no efectistas; experimentales, pero no arbitrarias.

En este punto, su aparición en el contexto de FORMA Madrid Design Festival el pasado mes de marzo de 2026, resulta particularmente significativa. Allí, Studio Ejarque fue destacado como uno de los estudios cuyas piezas “danzan entre escultura y diseño funcional”, celebrando “las pequeñas imperfecciones” y una aproximación singular a la lámpara como objeto coleccionable. La observación es pertinente: el trabajo de Pablo se inscribe con naturalidad en ese territorio del collectible design donde el objeto deja de estar regido por la lógica de la serie para adquirir condición de pieza, de presencia singular, de artefacto único con relato propio. Pablo lo formula de manera elocuente cuando afirma que cada pieza es “un testimonio tangible de la grotesca dinámica entre el control y el azar”. Esa frase podría leerse casi como una poética de su trabajo. El estudio, integrado por Pablo Ejarque González y Ángel García Gómez, consolida así una línea de trabajo centrada en la materialidad, la imperfección y la dimensión casi escultórica del objeto.
Y quizá sea precisamente ahí donde su práctica alcanza una dimensión más contemporánea. Frente a la obsesión por el acabado perfecto, por la superficie sin conflicto, por el render convertido en ideal de realidad, Ejarque devuelve al diseño una condición más vulnerable y humana: la de ser un campo donde todavía puede ocurrir algo no previsto. Donde la forma no se deduce únicamente del cálculo, sino también del encuentro entre materia, tiempo y gesto.
Desde una mirada más amplia, podría decirse que Pablo Ejarque representa una de las líneas más interesantes del diseño emergente actual: aquella que no teme contaminarse de arte, de ciencia de materiales, de pensamiento ecológico y de imaginarios postindustriales. Un diseño que no ilustra discursos, sino que los encarna. Que no busca únicamente gustar, sino también dejar una huella crítica en la percepción del espectador.
En tiempos de sobreproducción visual y de objetos cada vez más intercambiables, el trabajo de Ejarque devuelve espesor al diseño. Espesor matérico, sí, pero también cultural. Y también, en cierto modo, rítmico: sus piezas poseen una temporalidad interna, una respiración, una secuencia de tensiones y reposos que las acerca a una composición.
Sus piezas no solo ocupan un espacio: lo transforman. No solo emiten luz: producen una atmósfera intelectual y sensible. No solo se miran: se leen y casi se escuchan. Y eso, en el mejor sentido, las convierte en algo más que diseño.
Más info: https://studioejarque.com/











