Diseñar con el tiempo

Experiencia, duración y resistencia en una cultura acelerada.

Texto: Chele Esteve Sendra, crítica de arte y comisaria de la muestra

La exposición El sol es el pincel, el tiempo es el cincel sitúa la práctica del artista Salva Mascarell en un territorio donde el tiempo de creación deja de orientarse a la inmediatez para convertirse en una reflexión sobre la duración y el proceso lento. Las piezas, realizadas mediante la exposición prolongada de seda natural a la luz solar durante meses, en algunos casos cerca de un año, no pueden comprenderse desde la lógica habitual de la eficiencia productiva. El tiempo como herramienta. Su núcleo es el sol. Mascarell lo afirma de manera directa: “No trabajo para obtener una imagen rápida. Trabajo para que la imagen aparezca cuando tiene que aparecer. Si tarda un año, ese año es parte inseparable de la obra.”

En una sociedad caracterizada por la aceleración constante, donde la creación suele asociarse a optimización y reducción de tiempos, esta postura introduce una ruptura estructural. Aquí el proyecto no busca acortar procesos, sino habitar la duración. Esta posición se inscribe en una genealogía del arte contemporáneo que desplazó el foco del objeto final hacia el proceso. Desde el arte procesual hasta ciertas prácticas del land art, el tiempo dejó de ser un marco externo para convertirse en componente esencial de la obra. La imagen ya no se impone de manera inmediata: se construye lentamente, como acontecimiento.

En el caso de Salva Mascarell, esta lógica se materializa en una acción mínima pero sostenida: exponer la seda al sol y aceptar la transformación progresiva de la materia. La duración no acompaña a la obra; la produce. El tiempo no es un intervalo que se atraviesa, sino la estructura misma del proyecto.

Habitar la duración significa, así, asumir que el sentido emerge de la sedimentación y no de la velocidad, y que diseñar sobre estos tejidos puede consistir también en aceptar procesos que no admiten aceleración.

La imposibilidad de acelerar

La intervención del artista es deliberadamente mínima: preparar la seda, la pliega de un modo minucioso, un pliegue que investiga y crea su método, estudia como orientarla y luego exponerla. A partir de ese momento, la obra queda en manos del sol, del clima y del paso de las estaciones.

Salva Mascarell explica: “Mi decisión está al principio. Después debo aceptar que no controlo el resultado. El sol no obedece a un calendario de producción.” Esta renuncia parcial al control introduce un gesto profundamente contemporáneo. En un contexto donde la cultura productiva exige previsión absoluta y resultados inmediatos, la obra incorpora incertidumbre como valor.

El artista añade: “Esto es contracultura. No puedo forzar el proceso sin traicionarlo. La seda necesita tiempo. El sol necesita tiempo. Yo también.” 

Desde esta afirmación resulta especialmente significativa como la práctica no elimina la espera: la convierte en contenido. Mascarell se reafirma. “No se trata de producir más rápido, sino de producir de otro modo. Se parte de una ecología crítica: No hay consumo energético industrial; No hay inmediatez productiva; no hay espectacularidad técnica, ni maquinaria compleja. Hay dependencia, vulnerabilidad y negociación con el entorno”.

Tiempo como materia, no como medida

Las superficies resultantes no son imágenes aplicadas; son registros de transformación solar. El color emerge por degradación, por exposición acumulativa, por desgaste luminoso. Un año como gesto político. Mascarell lo describe así: “No pinto sobre la seda. Permito que la luz deje su rastro. Lo que vemos no es una representación, es un proceso visible.”

La sociedad actual se caracteriza por una paradoja: cuanto más aceleramos, más sentimos que no tenemos tiempo. La experiencia cotidiana está marcada por la urgencia, la presión y una constante sensación de insuficiencia. En este contexto, el trabajo de Mascarell produce un efecto inesperado: desaceleración. Como él mismo declara: “Trabajar con el sol me obligó a reconciliarme con el tiempo. No hay atajos posibles. Y aceptar eso genera una calma distinta.”

Esta calma no es pasividad, sino atención sostenida. El artista debe observar, esperar, aceptar las variaciones climáticas y asumir que cada pieza será necesariamente distinta, en una actitud que recuerda la apertura al azar y a la transformación material presente en la obra de Simon Hantaï.

Cada estación deja una huella diferente. No busca la uniformidad; busca escuchar lo que la materia y el entorno están haciendo. Esta escucha implica una ética distinta: no se trata de imponer una forma, sino de colaborar con procesos naturales.

Tradición y temporalidad expandida

La elección de la seda, material históricamente vinculado a los oficios valencianos, refuerza la dimensión temporal del proyecto. La producción sedera implicaba paciencia, conocimiento acumulado y ritmos no acelerables.

Mascarell reflexiona: “Trabajar con seda en Valencia es inevitablemente trabajar con memoria. Pero no me interesa reproducir la tradición; me interesa activar su tiempo.” Esta activación no es nostálgica. Es una actualización crítica: recuperar la conciencia de que el valor de un objeto puede depender de su duración. Si eliminamos el tiempo, eliminamos también parte del sentido. Todo ello entronca con estudios e investigación que le propio Mascarell lleva realizando entorno a la seda.

Reflexión final. Tiempo, rendimiento y agotamiento

El trabajo de Salva Mascarell adquiere una resonancia especialmente significativa si se lee a la luz de lo que Byung-Chul Han denomina la “sociedad del rendimiento”. En La sociedad del cansancio, Han describe una cultura donde el sujeto ya no es explotado desde fuera, sino que se autoexplota en nombre de la productividad, la eficiencia y la optimización constante. El resultado no es libertad, sino agotamiento.

Frente a este paradigma, El sol es el pincel, el tiempo es el cincel propone una suspensión radical del imperativo del rendimiento. La obra no puede acelerarse, no puede optimizarse, no responde a métricas de productividad. Requiere meses de exposición solar y exige aceptar que el proceso no obedece al ritmo humano. Como indica Salva Mascarell: “No puedo exigirle al sol que vaya más rápido. El proceso tiene su propio ritmo. Yo tengo que adaptarme a él.”

En este gesto aparentemente simple se produce una inversión crítica del modelo contemporáneo: el artista no se autoimpone una aceleración constante, sino que acepta la lentitud como condición de sentido.

Si, como señala Han, la sociedad actual genera individuos exhaustos por la presión de producir siempre más y más rápido, la práctica de Mascarell introduce una experiencia distinta: el tiempo ya no se vive como carencia, sino como proceso compartido. La duración no agota; acompaña.

La obra, entonces, no solo desacelera el proceso productivo, sino que cuestiona la lógica cultural que convierte el tiempo en recurso explotable. Frente al cansancio derivado del rendimiento permanente, propone una ética de la espera, de la atención y de la colaboración con la naturaleza.

En este sentido, el proyecto no es únicamente una investigación material; es también una forma silenciosa de resistencia.

Se puede visitar:

Espacio de Publicaciones de la Universitat Politècnica de València hasta el 13 de marzo de 2026